Cada vez que visito a mi familia, mucho menos de lo que debería, me encuentro con que el ordenador familiar ha dejado de funcionar tal como debiera, o al menos tal como lo dejé la última vez. O bien sin ningún tipo de aviso ha dejado de funcionar algún programa o periférico, o salen ventanas de cierto casino de Internet sin mesura, o ha cambiado el idioma o quién sabe qué sorpresa. Ante mi mirada reprobatoria siempre responden “no sé qué ha pasado, yo no he hecho nada”. Después de muchos años de ver a personas normales y corrientes enfrentarse a la informática he llegado a la conclusión de que, realmente, el noventa por ciento de las personas realmente no saben qué hace su ordenador.
Ciertamente un ordenador no es un teléfono o una bicicleta con una finalidad simple y un funcionamiento sencillo, un ordenador es una herramienta muy compleja, sobre todo si está conectado a Internet. Queremos que sea una máquina de escribir, una radio, un televisor, una consola de videojuegos, un periódico, un libro, un vídeo, un teléfono, una agenda, una base de datos, una imprenta casera, una agencia de contactos, un laboratorio fotográfico ... y la lista puede seguir casi indefinidamente. No solo eso, además los formatos con los que trabaja y las aplicaciones que utiliza cambian cada seis meses y lo mismo se puede decir de los distintos periféricos que conectamos: impresoras, cámaras digitales, escáneres, sintonizadoras de televisión, etc. etc. ... y además queremos que sea fácil y barato, a ser posible gratis.
Pero no nos engañemos, cuando lo que queremos hacer tiene una complejidad propia es imposible hacer que sea más sencillo, cuando un rey pedía al compositor de la corte que compusiera una sinfonía en honor de su última victoria militar, eso no hacía que componer una sinfonía fuera más sencillo si no que todas las decisiones musicales, salvo la final, las iba a tomar el compositor. El rey de fiaba de su juicio musical para esa tarea en particular y sólo le comunicaba al final si lo había hecho bien.
Del mismo modo los ordenadores “toman decisiones” por si mismos, deciden qué programas necesitamos, cómo deben funcionar los periféricos, como queremos organizar nuestro disco duro y nuestro correo. Los programas toman esas decisiones porque nosotros no queremos, o no sabemos, tomarlas; en definitiva hacen una especie de filtro de complejidad en lo que se refiere a conocimientos informáticos, o al menos eso es lo que los fabricantes de software quieren hacernos creer.
Lo que los fabricantes no nos dicen es que, al dejar a sus productos tomar esas decisiones, estamos perdiendo control sobre nuestro propio ordenador y, lo que es peor, sobre nuestro trabajo y datos personales. Y esa cesión de control no es gratuita ya que no es un programa el que está decidiendo por nosotros, lo son los programadores de la empresa que lo ha fabricado. ¿Nos hemos preguntado alguna vez sobre los fines últimos de esas empresas? ¿Tienen capacidad técnica para proteger nuestros datos? ¿Les interesa más vender su próxima versión que protegernos de los virus? Si nos ponemos en el peor de los casos sabemos que quieren nuestro dinero y están dispuestas a trabajar duro para conseguirlo, pero ¿quién nos asegura que no quieren algo más?
Con estas preguntas no quiero parecer un paranoico ni promover la sospecha, pero es importante que caigamos en la cuenta de que, al igual que no nos creemos cualquier cosa que nos digan en un medio de comunicación (incluso éste) sin comprobar quién lo dice o quiénes son sus propietarios o una segunda fuente, no debemos fiarnos de la buena intención (ni siquiera de la capacidad técnica) de quienes fabrican el software que usamos, esto es más importante todavía en el caso del Software Propietario en el cual es imposible asegurar que no está mandando por Internet nuestros datos personales a algún superordenador en Redmond o Langley ...al menos en el Software Libre podríamos hacer esas comprobaciones por nuestra cuenta o contactar una segunda fuente que nos lo asegure.