El atentado de Madrid posee muchas números, tiene muchas interpretaciones, ha indignado y provocado la unión de españoles y gente con sentimientos. Pero sobre todo son vidas con nombres propios que acabaron a la vez.
Doscientos muertos, mil quinientos heridos, entre ellos mutilados, inútiles para toda la vida, traumatizados sino. El atentado se puede resumir en estas cifras o en el sumario 20/2004 instruido por la Audiencia Nacional.
Pero el terrorismo no entiende de sentimientos, al contrario, las magnitudes, cuanto más altas sean, más alegran y enorgullecen a estos seres que a veces dudamos que sean humanos. A estos asesinos les da exactamente igual quien muera, sólo importa la cantidad y el impacto-terror-alarma social.
Y suena triste, pero las manifestaciones, las declaraciones, las imágenes humanas de los afectados y sus familiares, y el dolor de todos no provocan sino el celebrar el “éxito” de la acción. Es triste sí. Los terroristas son tristes sí.
El viernes 12 de marzo, al día siguiente a la matanza, casi la cuarta parte de los españoles se tiraron a la calle para manifestarse. Podemos pensar que no sirve para nada, es verdad, no sirve para casi nada. Pero sí, si de algo sirve es para compartir sentimientos, para matar la rabia y para poder decir “yo he protestado y luchado contra esto” y paliar la lógica impotencia. Aunque las familias, las realmente afectadas, sólo estén ocupadas en su propio dolor olvidando que el mundo existe ya.
Las acciones terroristas utilizan a la población como armas arrojadizas contra el Gobierno de turno. En este caso han sido grupos islamistas para vengarse contra el Partido Popular por su inclinación en la guerra de Irak y alentar su derrota electoral, antes impensable.
Realmente da igual la motivación del matar -¿puede existir motivación?-, el caso es que se ha matado y nos debe ser indiferente ya lo que piensan o dejen de pensar los asesinos. Eso será cuestión de las fuerzas de seguridad del Estado y de la colaboración ciudadana si cabe.
Las personas, los nombres
Los que hemos viajado a diario en los medios de transporte madrileños, en esas horas punta en las que no cabe una persona más, los que hemos estado en esas circunstancias cada mañana a las 8 para ir a trabajar, cerramos los ojos y nos podemos a imaginar la situación sin esfuerzo.
Un estallido, humo, oscuridad, un milésimo instante de silencio que da continuación a los gritos de terror, a un escenario teñido de rojo, a peticiones de auxilio, a visiones de cuerpos mutilados, a la comprobación del propio cuerpo para ver si está sano y completo, pedir auxilio desesperado o huir.... Un horror: sólo cabe imaginarlo y comprobar lo frágil que es la vida.
A pesar de que cualquier muerte es dolorosa, violenta o no, natural o no, cuando se produce en estas circunstancias multitudinarias, en las que cualquiera de nosotros podría haber sido el malditamente elegido por el triste azar, la desgracia se agranda y nos toca a todos en el corazón. Cuando el terrorista se está carcajeando, nosotros lloramos.
El mayor error que solemos cometer los demás, los no afectados, es reducir todo a cifras, a impersonales números. Incluso al olvido dentro de unas semanas. La vida sigue ¿no?.
No, la vida no sigue para muchas personas ya. El símbolo del atentado puede ser la niña de 7 meses, Patricia, que falleció al día siguiente, su padre muerto y su madre con escasas posibilidades de vida.
Puede ser Miriam, una recién casada que acababa de regresar de su luna de miel y gozaba los primeros días de su nuevo hogar y de la vida con su amor.
Puede ser un ecuatoriano que llevaba apenas dos meses en España y que llegó a Madrid con el sueño de poder alcanzar una vida mejor y enviar dinero a principios de mes para su familia. Todo un sueño frustrado.
Puede ser ese matrimonio, que acudía cada uno a su trabajo después de haber dejado a la niña de sus amores en la guardería. ¿quién recogerá a esa niña el resto de su vida?.
Puede ser ese padre orgulloso que con ilusión pensaba, durante el recorrido maldito, en el próximo domingo en el que se casaba su hija.
Pueden ser muchos que a partir de ahora estarán abocados a sillas de ruedas, o ciegos, o sordos, o inútiles para cualquier desempeño independiente.
Pudiera haber sido nuestra propia historia. Por eso nos llega tanto, por eso no podemos pensar que es sólo el sumario 20/2004.
En Irak, hace un año empezó una guerra desleal e injusta. Ya llevan más de 10.000 ciudadanos muertos por las balas y la pólvora de países extranjeros. Esos sers humanos también tienen nombre y apellido, Mueren 27 irakies por día.