Hoy tengo que escribir de algo que nada tiene que ver con Internet. Y eso, en una publicación como esta, ya es mala señal
Este es el artículo que un cronista de la Red jamás habría deseado escribir. Las doscientas vidas segadas en Madrid -la ciudad donde vivo y sufro- el pasado jueves son la tragedia de un pueblo que odia el terrorismo y la guerra, y ama su joven democracia y su libertad.
Son la tragedia de 200 seres humanos, sus historias, sus familias, sus amigos. Muchos cercanos. Amigos. Hermanos.
Son la tragedia de 1500 heridos que jamás olvidarán el dolor, el estallido, el horror, la rabia, algunos porque lo llevan incrustado en sus cuerpos, otros en sus mentes. Y sus familias, sus amigos, quienes no les olvidaremos jamás...
Es la tragedia de un mundo cada vez más expuesto a la irracionalidad nacionalista, racista, religiosa, radical, absurda, opuesta al progreso, negación del futuro, negación de la vida, negación de todo lo que es realmente digno de defender...
Es la tragedia de todos los que formamos parte de una Red que se ha hecho global para hacernos más cercanos, y que transmite mucho más que bits e información: sentimientos, conversaciones y, en casos como este, lágrimas. Hemos perdido doscientas voces. Únicas.
Es la tragedia de quienes queremos y creemos ser ciudadanos del universo, y para quienes la barbarie es la negación de la aspiración a un mundo sin barreras mentales, sin prejuicios y sin necesidad de recurrir a la violencia para solucionar cualquier estúpido problema relacionado con esta o aquella nimiedad sin la cual el mundo seguiría girando...
Pero sobre todo es la tragedia. Sin adjetivos, sin palabras vacías, sin nada más que silencio. Y lagrimas. Tantas como no soy capaz de imaginar. Lágrimas desde el universo. Es todo lo que tenemos hoy...