Todos somos uno.
--Fray Bartolomé de las Casas
“El
homo sapiens es un individuo caracterizado como un animal cuya madre da de mamar
a sus crías, y cuya gestación se realiza en el útero dentro de una placenta.
Provisto de extremidades que tienen 5 dedos, posee clavícula y un único par de
glándulas mamarias situadas en el pecho. Los ojos se encuentran emplazados en la
parte frontal de la cabeza, lo que facilita la visión estereoscópica...”. Es
decir, los humanos poseemos la capacidad de apreciar el relieve y la distancia,
la posibilidad de contemplar [perplejos incluso], el panorama.
Todos somos miembros de una única especie de la familia de los homínidos, y no
dudamos un momento en aplicar el término ‘ser humano’ a ciertas especies
antecesoras del homo sapiens en este sempiterno camino de la evolución.
Pero
esta muestra de altruismo, de condescendencia y, por qué no, de cierta humanidad
hacia nuestros parientes primates, se difumina por completo cuando asumimos (por
defecto) que los sapiens actuales sin duda somos (en efecto) el colofón de ese
proceso evolutivo: la copa del árbol, el único ser en la Historia tan sublime
que existirá eternamente -a partir de sí mismo- sobre cualquier atisbo de
mutación hacia delante. Porque la perfección no es mejorable.
Varias dudas surgen hoy, sin embargo, al comprobar cómo, paralelamente al
desarrollo de la red de redes, toma forma y arraigo un nuevo perfil de primate.
Con la misma estructura y fisiología que el gorila, el chimpancé, el orangután o
el propio humano, bien puede pertenecer a día de hoy a una nueva familia en
ciernes de homínido: el digitalis.
Este nuevo individuo interconectado, si bien constituye apenas un ínfimo
porcentaje entre los más de 6.000 millones de sapiens en el Planeta, despierta
en las redacciones, corresponsalías y sedes corporativas de cartón-piedra el
recelo profundo, la indiferencia fingida, o la pura curiosidad entre sus
compañeros, jefes y hermanos sapiens.
Lo
mismo, pero justo a la inversa, debió sucedernos a los sapiens con los hoy
extinguidos neandertalesis sobre las rocas calizas de la sierra de Atapuerca, en
Burgos, hace de esto varios cientos de miles de años.
El caso hoy día es que, en mayor o menor medida en
función del talante de los directivos en tal o cual empresa o
institución, prácticamente de cualquier sector, este
[presunto] homo digitalis mantiene los ojos firmes, y una
hasta la fecha desconocida postura
erecta ante el empresario/patrón tradicional que, consciente
e inconscientemente,
pretende cercenar desde un principio
su ágil y aventuresco paseo por la Tierra.
Vemos claramente cómo pierden autoritas y credibilidad los valores y ademanes corporativos
de siempre, impuestos verticalmente 'como
se ha hecho toda la vida’, en aras de una
nueva calidad de vida y una suerte de existencia más inteligente e inter-concectada
(humanizada) con la realidad mundana. Avanzamos sin demora de camino hacia la Tierra
Prometida.
Sin
navegar nunca hacia atrás, este individuo anónimo suele
actuar por la vía de los hechos
consumados. Se protege así de la intempestuosa visión de
la organización agresiva reducida a una simple máquina de
cumplir objetivos de corte económico-financiero.
Su desarrollo avanza
a ritmo frenético, según las pautas de un comportamiento evolucionado que
ya ha arraigado --en apenas
un puñado de fugaces años. Un período efímero, insignificante en
relación a los más de 8.000 siglos transcurridos desde la misteriosa extinción
del nuestro (recién descubierto) homo antecesor.
Actitudes e inaptitudes de la conducta dominante
El
cerebro del homo sapiens (capacidad media de 1.400 c.c.) tiene más o menos el
doble del tamaño que el cerebro de los antepasados pre-históricos. Un
espectacular aumento del tamaño (en sólo 2 millones de años) se consiguió por el
proceso de la neotenia (la retención de características propias de estados
juveniles durante más tiempo).
¿Será
entonces que madurar no significa envejecer ni morir?, se pregunta un director
general tras unas jornadas de humanismo, tecnología y dirección de empresas en
el siglo XXI donde vuelve a quedar patente la necesidad de que los directivos
asuman la dirección por valores. Frente
a la dirección tradicional por objetivos, que marca unas metas que
(sin más) deben
cumplirse, la dirección por valores potencia todo aquello de lo que el directivo
o empleado se cree capaz de realizar. El monólogo de las cifras se traduce
así en la planificación compartida de un proyecto definido con parámetros
cualitativos, con la consecuencia de que
una nueva relación laboral permite
plantearse (tanto a quien ordena como a quien ha de obececer) la recuperación
del tiempo para dedicar a la familia y, en definitiva, para entender mejor el
mundo que les rodea.
Es notorio que nunca las empresas han dependido tanto como hoy en día del
talento de sus trabajadores, un conjunto de personas entre las que pierde
peso específico el concepto de organización-entelequia, a
quienes sus dirigentes reducen únicamente al ámbito económico, sin demostrar
sensibilidad alguna hacia las cuestiones culturales y medioambientales más
básicas.
Pero vivimos hoy [durante] el amanecer de un Renacimiento con todas las letras. Uno que
sin duda combina la re-invención de la imprenta con la re-creación de la banca y el
re-surgimiento de los eternos valores universales que, a lo largo de la Historia, han
venido conformando su curso.
El
homo sapiens (individualmente y en
conjunto) es consciente de que la especie humana es la única que posee un espacio
denominado cultura, porque podemos modificar nuestro comportamiento instintivo a través
del aprendizaje, con el privilegio de poder transmitir las técnicas y el sistema
de relaciones sociales de generación en generación. Somos
capaces de mejorar el medio ambiente por el bien común de todos los seres vivos.
Se trata, por tanto, de cuestionar nuestras propias conductas, a
sabiendas que a
los instintos de negación del cambio se superponen las respuestas aprendidas.
Si bien
ante el hecho Internet ya no hay opción ni lugar a las
dudas, y pese a que la inmensa mayoría de los profesionales
hoy en día han de manejarse en la Red para no correr hacia su obsolescencia,
no parece que el
director general al uso vaya a reaccionar,
pues ahí le vemos petrificado en el
trasnochado sillón-carguismo de ayer. El
de toda la vida.
Citaba Indira Gandhi a su abuelo para recordar que existen dos tipos de
personas: quienes trabajan y los que buscan el crédito, y le aconsejó rodearse de las primeras, ya que
entre ellas hay mucha menos competencia.
Todo lo
contrario que suele ocurrir durante el café del desayuno de los empleados de
la entidad
pública, o en los pasillos de la empresa
recién vendida, fusionada o privatizada. Al funcionario le basta
sólo con aparentar estar informado,
porque la nómina está servida con los
cuatro conceptos apenas rumiados de oídas.
Es ésa la actitud del empleado sumiso, miembro del sector
abrumadoramente mayoritario, dispuesto a comer hierba sólo porque 100.000 vacas
jamás podrían
equivocarse. Perfectamente entrenado para jalear en público su propio espíritu
hipotecado, como premio a la cobardía y a la ambición por la fuerza
bruta acaba de ser ascendido a
gobernadorcillo de planta, tras
tan largos años de demoledor servilismo
jerárquico. De tantos servicios prestados que ahora
no duda en vengar al triangulárselos
a sus subordinados directos: "Una
impuntualidad más a la hora de entrada, que no a la de salida, y aquí a quien
saque pecho se le pone ya mismo de patitas en la calle. Trabajar jamás
puede ser disfrutar. Son lentejas. Sólo faltaría.
Se comporta mimetizándose con sus mentores aunque intuye que muy pronto habrá de enfrentarse
al espejo para reconocer que, en la acera de enfrente, la
competencia cotiza al alza con
simples pero renovados métodos
horizontales: trabajo en equipo, liderazgo natural, menos organigrama
estéril, mínima autoridad artificial, respeto a la inteligencia
ajena.
La gestión tradicional de los recursos humanos hace aguas por la
proa y por la popa, y eso que la temporada de
lluvias no ha hecho sino comenzar. Nos adentramos irreversiblemente hacia un
nuevo y desconocido océano,
con mercados donde el bien gestionable
más valioso no son la veteranía
ni el estutus, sino el conocimiento. Medible y contrastado.
Los jóvenes de hoy saben que ya no han de esperar
necesariamente hasta ser padres para
poder comer huevos. El miedo sólo
lo padecen ante la omnipresente figura del letal
Perro del
Hortelano, que ni come ni deja comer,
cuan capataz inmisericorde que jamás hizo empresa ni dejó hacerla a
nadie salvo a quien no pudo reprimir: a
todos y cada uno de sus superiores, al inmediato amo de arriba y al de más arriba
también, con la única pretensión de terminar de
pagar la letra del coche cuanto antes, cueste lo que cueste,
y caiga quien caiga.
Esta observación la escribió hace
por ahora 6 años un colaborador de Diariored
(entonces LasNoticias.org) al
comentar su primer ‘trabajo de oficina’ en la
centenaria Universidad de Alcalá. Como coordinador de un curso de posgrado,
definió de motu propio un proyecto para duplicar el número de becas y
asignaturas sin aumentar un céntimo los costes y subvenciones del Ministerio.
Tras insistir y conseguir audiencia para
comentar el proyecto, comprobó que
la perenne jefecilla del Centro de Estudios Norteamericanos
ya había hecho completamente suya la idea, la iniciativa, y el
propio documento,
cuando la ínclita le espetó: "ahora
que lo he retocado todo está muy bien, porque tú aquí ya sabes que no
eres más que otro PBC (puto becario de los cojones)."
Hoy, sin embargo, ese jovenzuelo
es un próspero empresario cuya SL puede
facturar mientras su aldea duerme. No le cabe duda que un ejecutivo es
profesionalmente nulo sin un equipo que sustente su cargo, la
estructura, la organización, cada día desde primera hora
de la mañana. Y añade que lo peor no es ya el no
disponer de un equipo, sino el ni siquiera ser miembro de uno.
Gestionar talento no es sencillo.
La manida estrategia de la zanahoria y el burro [si
consigues X te daremos Y] pierde
peso, por insuficiente, como sucede con la mera palmadita en la espalda
para reconocimiento del
estatus interno como simples píldoras placebo adicionales a la retribución monetaria.
El centro de gravedad del
debate se desplaza, por tanto, de lo político hacia lo humano.
Presenciamos una mutación evidente en el plano profesional,
de usos y valores únicamente, quizá, pero una mutación,
en esencia, a fin de cuentas.
Se trata de una de las
primeras manifestaciones del impacto social y personal de Internet. A fin de
ganar en calidad de vida, al profesional le interesan los proyectos que
cumplan requisitos como la
participación directa en los beneficios,
o el aprendizaje en el entorno inmediato.
No parecen condiciones
caprichosas, desde la premisa de que el salario no siempre sirve como eficaz
herramienta de poder, aunque sí lo sea, irremediablemente, de influencia.
Por lo que el asunto de hoy en día en las empresas, ministerios, redacciones u ONGs de medio mundo
versa sobre cómo zafarse de tanto estéril directivo ofuscado en hacer
política mucho más que en el desarrollo del negocio.
El rito de paso
En estos
años, los ejemplos se han sucedido a
medida que el profesional ha ido tomando conciencia de su
propio conocimiento. Lo vimos a la
primera de cambio cuando la fuga del departamento de contenidos de Terra a
Ya.com. Y a la segunda, cuando el equipo de El Mundo se pasó en bloque a El
País, mientras se escuchaban lamentos en
aquella Inicia porque la empresa se había olvidado de quienes estaban dentro… Unos y otros coincidieron entonces
en que las razones de
sendos puñetazos en la mesa no fueron (sólo) el dinero (...
o las opciones
sobre acciones !!), sino el proyecto en sí, y
-por supuesto- el trato personal en el día a día.
Se está
produciendo un
rito de paso, un punto y aparte en la evolución del pensamiento del profesional
que se va adentrando en la Red para no volver a salir de ella,
a pesar de que este rito no
tenga aún una ceremonia que simbolice el cambio de una fase de la vida o de un
estatus social a otro, con sus tres fases críticas: la separación (pérdida por
parte de la persona de su estatus anterior), la marginalidad o fase liminal
(periodo de transición con rituales específicos que a menudo implican la
suspensión del contacto social habitual), y la reincorporación (readmisión en la
sociedad con el nuevo estatus adquirido).
Aunque la informática
todavía está en su infancia, ya ha cambiado espectacularmente el mundo en el
en que vivimos. Ha eliminado barreras de tiempo y distancia para
permitirnos hablar, compartir información, colaborar, re-inventar una convivencia más sana, más
sabia. La Revolución binaria ya ha derribado
tantas barreras mentales que,
metafórica y paradójicamente,
nos ha venido a demostrar que 1 más 1 no
siempre son necesariamente 2.
La organización es una
red de contratos entre los agentes implicados. Siempre lo fue. Y el
humano, como apunta Juan Luis Arsuaga, del equipo de Atapuerca,
"no es mejor que la
estrella de mar, pues no puede siquiera regenerar sus extremidades."
Sobre todo
en el caso de algunos homínidos, garantes del fracaso al
reunir en su perfil alguna [o todas] de
estas características,
resumidas por Fast Company:
- Se ven ellos y sus empresas dominando su entorno. Algo deseable en un
buen gestor, que deja de serlo cuando olvida que el entorno no puede dominarse,
sino que hay que evolucionar con él. Dominarlo es imposible.
- Se identifican tanto con la compañía que no existe diferencia entre ellos
y la misma. Algo que les lleva a utilizar aquélla como suya.
- Creen tener todas las respuestas. Parece bueno, pero no lo es. Líderes
que creen saberlo todo, toman decisiones importantes sin pensarlo
suficientemente bien ni considerar las ramificaciones de su decisión.
- Eliminan sin contemplaciones a cualquiera que no esté al 100% detrás
suyo. Si no estás conmigo, estás contra mi y por lo tanto contra la empresa:
fuera.
- Artistas consumados de las presentaciones, están obsesionados con la
imagen de su empresa y con la suya. Les convierte en marionetas que más que
hacer cosas "parece" que resuelven temas que, en realidad, empujan hacia
delante.
- Subestiman los obstáculos. Nada es un problema para ellos. Lo pueden
todo. Siempre se agarran a las acciones que les dieron resultado en el pasado.
Esto les impide lo más importante: saber aprender.
Por el contrario, estos 6
años de camino en Diariored nos han servido para
contemplar, definir y refrendar el advenimiento de un especimen que
continuamente envía mails desde las redacciones y corresponsalías de los medios
de comunicación. Un nuevo perfil de redactor que, pese al Nasdaq,
parece seguir algunas de estas pautas:
-
Predica en silencio, con el
ejemplo, que la Red ha propiciado una evolución en nuestra vida, una nueva forma
de entender la sociedad
-
Hace oídos sordos al
discurso dominante del sapiens, que insiste en la vigencia del reinado de
Perogrullo, bajo el lema Ya lo decía yo.
-
Se cree ciudadano del
mundo, del real y, por ende, del virtual.
-
Insiste en que la
información pública debe ser pública. Debe hacerse pública, estructurada,
accesible, comprensible, independiente de agendas políticas. Y gratuita.
-
Reivindica que las
preguntas se respondan para que el ciudadano comprenda, y desarrolle su propia
ruta hacia nuevas preguntas.
-
Conoce la raíz del
término publicación. Y sabe que los periódicos no se suelen escribir pensando en
el público. Aprende por observación.
-
Sabe que, por primera
vez, cualquier contenido dinámico o imagen puede distribuirse a millares de
personas por menos de lo que cuesta ir al cine.
-
No equipara lo
anterior a la imprenta, con respeto para Gutemberg.
-
Cita a Cervantes.
Sueña, se siente vivo, y brinda por la nueva Era.
-
Confía en cualquier
conversación para saber más y comprender mejor que la información es poder. Por
algo se oculta y manipula tan a menudo.
-
Celebra que el
hipervínculo y el trabajo en red subviertan lo establecido.
- Responsabiliza de los
despidos en las puntocoms y cadenas de producción al tiburoneo del inversor
oportunista, con fama de ganador, que ayer firmaba breakeven a 5 años, y
hoy sojuzga al inmigrante y al emprendedor por encima del bien y del mal.
- No asiente ante el
grito soberbio que mide la salud de Internet comparándola al pelotazo-porrazo
de otrora. Siente que el amor interesado nunca fue verdadero; y que Roma no se
construyó en un día.
-
Reporta a su
conciencia. Comparte su talento. Respeta la inteligencia de su interlocutor.
Piensa que quizá algún día los últimos pueden ser los primeros, y reír mejor. Se
muestra seguro, tranquilo, acompañado.
-
Se pregunta a qué
viene tanto desánimo generalizado, incluso entre algunos digitalis, cuando desde
mucho antes del Boom, la Red no ha dejado de crecer un solo instante. Sobre todo desde el
11 de septiembre.
-
Trabaja a diario para
comunicarse y crear riqueza en un mundo mejor. Sin renunciar a participar de
ella y re-invertirla.
-
Escucha más que habla.
Lee más que escribe. Toma notas en el weblog y en la PDA.
-
Hace y deja hacer. No
descansa. Y, de momento, tampoco suele volver la vista atrás.
Feliz Sexto Cumpleaños,
DiarioRed ;-). Mil gracias y enhorabuena.