Sinceramente, no entiendo toda la polémica subsiguiente al advenimiento del
año 2000. Ha ocurrido lo que casi todos los mínimamente conocedores
del panorama pensábamos que iba a suceder. Al parecer hay personas que
solamente se habrían quedado satisfechas si hubieran ocurrido las horribles
catástrofes y hecatombes que otros nos habían pronosticado. Otros
aseguran que los escasos efectos se deben a la monumental, exagerada y desmedida
inversión realizada. ¿Quien tiene la razón?
Los efectos del 2000
¿Cuales han sido realmente los efectos del 2000? ¿Estamos en condiciones de
saberlo? No, en realidad nunca lo sabremos. Sabemos que fallaron
los satélites espía americanos, alguna central nuclear y otros fallos
anecdóticos como los que pusieron varios millones de marcos en la cuenta de un
ciudadano alemán. Sabemos que miles de páginas de Internet fallaron por
pequeños (y muy previsibles) errores de código.
Pero esos son fallos fáciles de conocer. La pregunta de qué ha
sucedido realmente no tendrá respuesta en el corto plazo. Es cierto que los
servicios básicos (luz, agua, servicios públicos) no han fallado, pero
desconocemos lo que ha ocurrido en las empresas. Eso sí, informaciones
fiables llegadas a nuestra redacción indican que las empresas que están
sufriendo o han sufrido fallos no han querido reconocerlo públicamente para
evitar el ridículo. Sin embargo, a que aquellos que han ninguneado los
efectos del 2000 les interesará saber que empresas como RENFE sufrieron
un grave fallo -aún sin explicar- al perder el control automático de las
agujas, que un importante banco sufrió errores al reiniciar sus sistemas
o que una importante empresa de transporte de viajeros tuvo que trabajar
durante horas para evitar el caos organizativo en la madrugada del 1 de
enero. Son informaciones parciales que hemos conocido, pero bien pueden
ser un botón de muestra (que ninguna de estas empresas reconocerá
públicamente, por cierto). Ahora bien, también es cierto que todos estos
fallos fueron solucionados en breve plazo. Lo increíble es que tras años
de planificación e inversión sucedan fallos técnicos inexplicables por los
responsables del sistema.
¿Fraude?
Personalmente no puedo suscribir la teoría del fraude, como no puedo
suscribir a aquellos que exageraban y desinformaban desmedidamente antes, y como
no puedo dar la razón a aquellos que afirman todo el gasto estaba
justificado. La cadena de errores de interpretación de los hechos es
enorme, y como de costumbre un poco de mesura y moderación arreglan el
entuerto.
Se ha gastado mucho más de lo necesario, naturalmente, pero ¡bienvenidos al
capitalismo! La oferta genera su propia demanda, y los ofertantes no han dudado
en exagerar los posibles males para lucrarse a su costa. Eso es una cosa.
Los que convencían a ancianitos para que "arreglasen" sus
televisiones o a hoteles para que invirtiesen 25 millones en linternas,
generadores de luz y depósitos de agua ya merecen otro tratamiento: estafadores.
Los periodistas han jugado su habitual papel de supina ignorancia y
ánimo de vender noticias para convertir el efecto 2000 en un espectáculo de
fuegos de artificio.
El efecto 2000 ha existido, no ha sido una ilusión ni un fraude, lo que ha
ocurrido es que se ha exagerado en las dimensiones y posibles consecuencias del
fenómeno. Hemos asistido a lo que comúnmente se denomina "hype".
Pondré un ejemplo: en 1992 se creó artificialmente el pánico a un
virus informático, el Michelangelo. El miedo al virus cobró
escala mundial, y originó por unas irresponsables declaraciones de John
McAfee (padre del antivirus McAfee) en las que afirmó que cinco millones de
ordenadores estaban afectados por el virus. Esto provocó todo un efecto dominó
de absurdos, tanto por parte de técnicos como por la prensa que condujeron a un
estado de histeria colectiva. Al final no se registraron apenas incidencias, la
prensa salió muy malparada y la industria antivirus empezó a cobrar
importancia en el panorama de la seguridad informática. Entonces el
debate fue muy parecido al de ahora, pero las circunstancias eran muy distintas,
porque allí el fallo apenas existía, mientras que aquí sin duda el fallo
existía, aunque se erró en su alcance.
En este caso, se ha convertido un fallo tecnológico en un asunto social,
económico e incluso político. El problema existía, claro que sí, y
debía ser solucionado para evitar consecuencias poco deseables (dudo mucho que
catástrofes), pero no era ni mucho menos algo que debiera salirse del campo
tecnológico. Eran los técnicos los que debían solucionar el fallo, y no
periodistas, políticos o empresarios, y mucho menos el
sujeto de a pie a quien en nada afectaba el error.
Sin embargo, se ha entrado en un juego en el que a todos -o casi todos-
parecía convenir el sobredimensionamiento. Informáticos y consultoras
han hecho su agosto, han cobrado fantásticos -y muy a menudo inmerecidos-
emolumentos y han librado a muchas empresas de problemas, si no desastrosos, al
menos si engorrosos. A los periodistas les interesaba vender la
noticia. Y tanto políticos como responsables de informática de
empresas han caído víctimas de la inercia con tal de evitar hipotéticas
responsabilidades por hipotéticos fallos.
¿Como conclusión? El efecto 2000 es un fallo tecnológico que debía
ser solucionado desde la moderación y la responsabilidad por técnicos.
No ha sido así. Pero eso no significa que el fallo no haya existido, de
hecho si algo ha facilitado el sobredimensionamiento ha sido que casi nada
ocurra (aunque lo que hubiera sucedido con menos planificación habría sido
básicamente anecdótico). Lo poco que ha ocurrido debe servir de
referente para saber lo que podría haber ocurrido, y de esta lección se deben
extraer buenas enseñanzas, aunque sin tremendizar, ya que tan erróneo era
tremendizar antes como lo es hacerlo ahora.