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Miopía Internet (I)
Por Eduardo Pedreño  
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Internet es un medio nuevo, de muy reciente introducción en nuestras vidas. Y como tal medio nuevo, desconocido para la gran mayoría de la gente, ya sean particulares o profesionales.. Aunque se han vertido ríos de tinta sobre él en los últimos años, lo cierto es que la ignorancia del medio, aún hoy descomunal, ha propiciado que se sobreestimen sus posibilidades, que se subestimen y que muchos aprovechados hayan intentado sacar partido de esa situación que favorecía al especulador, al mago del Powerpoint, al charlatán o sencillamente al caradura de turno.. Está serie de artículos está redactada desde la experiencia, parcial, subjetiva y personal, pero al fin y al cabo experiencia de cuatro años en el mundo del comercio electrónico, en los que he sido testigo de muchas vivencias, algunas propias y la mayoría ajenas, y he presenciado el ascenso y caída (ya sea en términos económicos o de credibilidad) de inversores, emprendedores, directivos, analistas, periodistas, consultores y otras razas, que han pecado, ya por exceso, ya por defecto (o ambos cosas según la fase). Tampoco ignoraremos la miopía de los gobernantes, tan patente hoy día en nuestro país. Veamos porqué.

Un poco de historia

El ascenso y caída de las "puntocom", visto y no visto (al menos en nuestro país), tiene múltiples factores que invitan, todos ellos, a la reflexión. Podremos extraer muchas sabias lecciones de todo lo ocurrido en los últimos años (los dos últimos en España) y probablemente haya innumerables matices y puntos de vista enriquecedores al respecto. Pero en este artículo quiero centrarme, parcial y subjetivamente, en la miopía del inversor. Y utilizo la palabra miopía por mantener la corrección política y no hablar, directamente, de profunda ignorancia.

Años atrás, cuando Internet era única y exclusivamente un refugio de pederastas, pornógrafos y gente de mala muerte,  y un invento que "no servía para nada", hablarle a alguien medianamente formado sobre las posibilidades del comercio electrónico era encontrarse con una sucesión de caras que reflejaban desde el estupor hasta el miedo a que el loco que tenían enfrente fuera peligroso. Internet era un espacio para desharrapados, oscuro, inseguro, intransitable por gentes de bien y utilizado por ese hijo de la vecina tan raro...

La concepción fue cambiando con el tiempo. La ola provenía de Estados Unidos donde el nuevo medio empezaba a hacer furor, reventaba las bolsas y daba lugar a un nuevo boom que, en medio de un clima de euforia económica, parecía destinado a traernos paz y prosperidad eternas, como muchos que hoy incluso se atreven a salir a la calle sin taparse la cara no dudaron en proclamar. El clima de exageración, y con él de la burbuja, se fue trasladando a otros países, entre ellos el nuestro, y se empezó a hablar seriamente de las posibilidades de la Red para otra cosa que no fuera comprar bebes, hacer tráfico de droga o descargarse las últimas colecciones de fotografía pederasta. Debido al infamantemente lento progreso de la Red en España (y Latinoamérica), el proceso fue progresivo, mesurado, nada desorbitado, razonable. Las experiencias de comercio electrónico iban surgiendo cual experimentos de laboratorio llevadas a cabo, bien por apasionados de Internet, bien por pelotaris avezados que veían la forma de forrarse rápidamente emulando con sus webs de tres al cuarto a esos otros que en Estados Unidos ya nadaban en la abundancia.

Las cosas fueron cambiando y 1999 fue el año definitivo de la explosión del comercio electrónico en España (y por ende, en Latinoamérica). Y aquí es donde nos empezaremos a ubicar para comprender el contexto internacional en el que ha ocurrido toda esta sucesión de acontecimientos. El año 99 marca la apoteosis del Nasdaq, un contexto económico internacional enormemente favorable y la necesidad de empresas con reservas de dinero, empresas de capital riesgo, pequeños inversores (o no tan pequeños) y otros de conseguir rentabilidad de su dinero, o bien de invertirlo en negocios con enorme potencial de revalorización. En definitiva, había dinero a espuertas en el mercado, había emprendedores a espuertas en el mercado y las perspectivas económicas para el futuro y para el comercio electrónico parecían brillantes, máxime tras haber pasado por las habilidosas manos de los McKinseys de turnos, los Andersens, analistas de bolsa, estadistas de medio pelo, oportunistas y gurús de lo que toque. Si en España era el comienzo real de un nuevo sector, en EE.UU. éste había alcanzado su cenit. Todo lo que tocase Internet se convertía en oro por encantamiento.

Inversores en busca de la última frontera

Pero... ¿alguien sabía que era Internet? ¿Se conocía su potencial? ¿Sus posibilidades reales? ¿Sabían un 80% de los inversores algo -siquiera algo- del mundo de la tecnología y de las perspectivas de desarrollo de mercados emergentes? ¿Y los pequeños inversores en bolsa? ¿Tenían la más mínima y puñetera idea de en qué estaban metiendo su dinero? El dinero ignorante es tan arriesgado como el apostado en la ruleta, sólo que en este caso las posibilidades de ganar son mucho menores. Se invirtió sin conocimiento, con miopía, llevados por una ola de estupidez colectiva propiciada por los medios (otros grandes culpables del clima de "hype" o exageración), los analistas, las consultoras, en una espiral de inversión que parecía no tener fin. A quienes entonces inteligentemente cuestionaban la situación haciendo preguntas incómodas no les salían las cuentas, pero nadie les hacía caso.

Nadie se engaña si no quiere ser engañado. Invertir sin hacer preguntas es de una miopía sin límites, que duda cabe. Sin embargo los inversores creían estar comprando duros a peseta al más puro estilo tocomocho, así que mejor no hacer preguntas y sacar el dinero calentito. En este contexto en el que una presentación en Powerpoint nos catapultaba a la gloria surgió mucho oportunista, mucho pseudogestor de quimeras con ideas, o bien brillantes, o bien brillantemente estúpidas. Pero eso debe ser -y será- objeto de otro artículo.

Distingamos tres etapas en la evolución del inversor "online". La primera es la previa la inversión, en la que sin escuchar nada más que palabras bonitas el inversor decide realizar la inversión. El inversor de capital riesgo, con la perspectiva de sacar la empresa a bolsa en breve plazo, vender su parte con millonarios dividendos y haber hecho una operación especulativa de "altura". El inversor corporativo, con vistas a aumentar coyunturalmente su valor bursátil, hacer ruido, asustar a la competencia y obtener pingües plusvalías. El caso del pequeño inversor es especialmente doloroso pero no exento de miopía. Un mercado que sube como la espuma (aunque sea totalmente desconocido por el inversor), perspectivas de crecimiento increíbles, revalorizaciones bursátiles de escándalo, una apuesta segura según los analistas de turno. En fin, decidirse a no invertir parecía propio de idiotas. 

Es en este punto en el que encontramos una profunda divergencia entre la economía digital especulativa y la economía productiva. Esa divergencia ha sido, a largo plazo, completamente contraproducente para este mercado emergente, ya que ha provocado que, además de los planes de negocio claramente destinados al fracaso, también fracasen negocios sólidamente construidos por trabajadores brillantes a causa de la impaciencia de los inversores, que ni en eso han sabido darse cuenta de que entrar en un sector frenético como el del comercio electrónico supone paciencia y, mucho más allá del Nasdaq, recuperación de la inversión a largo plazo si el plan de negocio es realmente sólido. El agravamiento de la situación económica y el debilitamiento coyuntural del sector publicitario pueden haber sido la causa de muchos fracasos; la propia naturaleza de los negocios puntocom, sin un pie en el mundo real, estaba destinada a provocar muchas bajas; los planes de negocios descabellados que proliferaron como setas crearon un exceso de oferta en muchos mercados (no sólo el publicitario) que ha provocado muchos colapsos. Y en todos esos factores el papel del inversor ha sido negligente e irresponsable.

Pasemos a la segunda etapa. En ella, el inversor mantiene la inversión y debe velar por la correcta gestión de la empresa en la que ha invertido. Esta intervención necesaria en ocasiones ha sido inexistente, y en otros casos ha sido la causante directa del fracaso empresarial. Reconozcamos, sí,  que cuando se ha producido una intervención correcta, no impaciente, sabiendo reconocer el talento de los directivos pero velando por una correcta gestión, no cortando las alas a la ambición del emprendedor pero tampoco permitiéndole hacer locuras, el factor estabilizador aportado por el inversor ha sido determinante para el éxito (que también los ha habido, o se están gestando). Pero esos casos han sido los menos. Se exigía velocidad, resultados inmediatos, crecimientos de hasta el 200% (para productos completamente nuevos en mercados completamente nuevos -con la consiguiente dificultad de introducción de los productos-, cuando en el mundo real un crecimiento del 30% en un producto asentado se considera espectacular y exitoso), revalorización bursátil, ventas con plusvalías... En definitiva, se pedía lo imposible. Pero a cambio también se permitió hacer y deshacer al emprendedor, muchas veces inexperimentado, todo tipo de estupideces (de las que hablaremos convenientemente en futuros artículos).

La tercera etapa es la del desencanto. La burbuja estalló, los planes fracasaron, muchos negocios se fueron a pique como era de rigor, con sus sillas Aeron y su despilfarro, con sus ansias multinacionales al segundo día, con su incapacidad de gestión y con su plan de negocio irreal. El fracaso es una constante empresarial, nada que deba sorprendernos, ha ocurrido en Internet hoy y mañana ocurrirá en otros sectores (probablemente impulsados por empresas tradicionales), pero la vieja economía ha reído largamente de un hecho que era normal, predecible. Y esa risa no era más que una muestra añadida de su profunda ignorancia ante las extraordinarias posibilidades del nuevo medio.

Lo cierto es que el inversor tampoco ha sabido como enfrentarse a un mercado hostil y a un contexto "bursatilmente" negativo. La venta apresurada ha sido una constante, así como la escasa flexibilidad a la hora de permitir que las empresas invertidas prosiguieran con sus planes de negocio aprobados. Si esos planes aseguraban la rentabilidad para el 2003, ésta se exigía repentinamente para el 2001. Los proyectos no se aprobaban, se ponían pegas a los planes necesarios para conseguir la rentabilidad, las ampliaciones de capital quedaban desiertas pese a haber estado comprometidas y el capital huía de un entorno que seguía siento tan arriesgado y tan inseguro como el primer día. Es en esta fase en la que el inversor ha demostrado de forma más clara su profunda ignorancia. La valía del inversor se prueba, no cuando invierte en pos de la rentabilidad rápida y especulativa, sino cuando es capaz de aportar a la gestión, de demostrar conocimiento, de ser paciente ante proyectos que cumplen las expectativas.

La conclusión sobre el inversor, de forma general y no generalizada (conforme pasan los meses muchos inversores van recuperando la cordura y la tranquilidad) debe ser algo desalentadora. En entornos de crecimiento y de retorno rápido de la inversión por vía especulativa la actuación del inversor ha sido de "apoyo decidido a la innovación", "apuesta por las nuevas tecnologías" y otras sandeces gestadas por gabinetes de prensa al uso. Tan pronto como ha llegado la crisis el inversor se ha apresurado a huir de la "apuesta" y del "apoyo" por culpa del "entorno no favorable" y a dificultar el desarrollo de proyectos con futuro. El fin del glamour de lo puntocom ha demostrado la superficialidad y la frivolidad de parte del mundo de los negocios, lo que invita a una profunda reflexión sobre el mundo de las relaciones empresariales. El entorno favorable para la economía digital productiva está, a día de hoy, mucho menos viciado que hace dos años. Y el inversor tiene buena culpa de ello.



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