Internet es un medio nuevo, de muy reciente introducción en nuestras vidas. Y como tal medio nuevo, desconocido para la gran
mayoría de la gente, ya sean particulares o profesionales.. Aunque se han vertido ríos de tinta sobre él en los
últimos años, lo cierto es que la ignorancia del medio, aún hoy descomunal,
ha propiciado que se sobreestimen sus posibilidades, que se subestimen y que
muchos aprovechados hayan intentado sacar partido de esa situación que
favorecía al especulador, al mago del Powerpoint, al charlatán o sencillamente
al caradura de turno.. Está serie de artículos está redactada desde la
experiencia, parcial, subjetiva y personal, pero al fin y al cabo experiencia de
cuatro años en el mundo del comercio electrónico, en los que he sido testigo
de muchas vivencias, algunas propias y la mayoría ajenas, y he presenciado el
ascenso y caída (ya sea en términos económicos o de credibilidad) de
inversores, emprendedores, directivos, analistas, periodistas, consultores y
otras razas, que han pecado, ya por exceso, ya por defecto (o ambos cosas según
la fase). Tampoco ignoraremos la miopía de los gobernantes, tan patente hoy
día en nuestro país. Veamos porqué.
Un poco de historia
El ascenso y caída de las "puntocom", visto y no visto (al
menos en nuestro país), tiene
múltiples factores que invitan, todos ellos, a la reflexión. Podremos
extraer muchas sabias lecciones de todo lo ocurrido en los últimos años
(los dos últimos en España) y probablemente haya innumerables
matices y puntos de vista enriquecedores al respecto. Pero en este artículo
quiero centrarme, parcial y subjetivamente, en la miopía del inversor.
Y utilizo la palabra miopía por mantener la corrección política
y no hablar, directamente, de profunda ignorancia.
Años atrás, cuando Internet era única y exclusivamente
un refugio de pederastas, pornógrafos y gente de mala muerte, y
un invento que "no
servía para nada", hablarle a alguien medianamente formado sobre
las posibilidades del comercio electrónico era encontrarse con una sucesión
de caras que reflejaban desde el estupor hasta el miedo a que el loco que tenían
enfrente fuera peligroso. Internet era un espacio para desharrapados, oscuro,
inseguro, intransitable por gentes de bien y utilizado por ese hijo de la vecina
tan raro...
La concepción fue cambiando con el tiempo. La ola provenía de
Estados Unidos donde el nuevo medio empezaba a hacer furor, reventaba las bolsas
y daba lugar a un nuevo boom que, en medio de un clima de euforia económica,
parecía destinado a traernos paz y prosperidad eternas, como muchos que
hoy incluso se atreven a salir a la calle sin taparse la cara no dudaron en
proclamar. El clima de exageración, y con él de la burbuja, se
fue trasladando a otros países, entre ellos el nuestro, y se empezó
a hablar seriamente de las posibilidades de la Red para otra cosa que no fuera
comprar bebes, hacer tráfico de droga o descargarse las últimas
colecciones de fotografía pederasta. Debido al infamantemente lento progreso
de la Red en España (y Latinoamérica), el proceso fue progresivo,
mesurado, nada desorbitado, razonable. Las experiencias de comercio electrónico
iban surgiendo cual experimentos de laboratorio llevadas a cabo, bien por apasionados
de Internet, bien por pelotaris avezados que veían la forma de forrarse
rápidamente emulando con sus webs de tres al cuarto a esos otros que
en Estados Unidos ya nadaban en la abundancia.
Las cosas fueron cambiando y 1999 fue el año definitivo de la explosión
del comercio electrónico en España (y por ende, en Latinoamérica).
Y aquí es donde nos empezaremos a ubicar para comprender el contexto
internacional en el que ha ocurrido toda esta sucesión de acontecimientos.
El año 99 marca la apoteosis del Nasdaq, un contexto económico
internacional enormemente favorable y la necesidad de empresas con reservas
de dinero, empresas de capital riesgo, pequeños inversores (o no tan
pequeños) y otros de conseguir rentabilidad de su dinero, o bien de invertirlo
en negocios con enorme potencial de revalorización. En definitiva, había
dinero a espuertas en el mercado, había emprendedores a espuertas en
el mercado y las perspectivas económicas para el futuro y para el comercio
electrónico parecían brillantes, máxime tras haber pasado
por las habilidosas manos de los McKinseys de turnos, los Andersens, analistas
de bolsa, estadistas de medio pelo, oportunistas y gurús de lo que toque.
Si en España era el comienzo real de un nuevo sector, en EE.UU. éste
había alcanzado su cenit. Todo lo que tocase Internet se convertía
en oro por encantamiento.
Inversores en busca de la última frontera
Pero... ¿alguien sabía que era Internet? ¿Se conocía
su potencial? ¿Sus posibilidades reales? ¿Sabían un 80%
de los inversores algo -siquiera algo- del mundo de la tecnología y de
las perspectivas de desarrollo de mercados emergentes? ¿Y
los pequeños inversores en bolsa? ¿Tenían la más
mínima y puñetera idea de en qué estaban metiendo su dinero?
El dinero ignorante es tan arriesgado como el apostado en la ruleta, sólo
que en este caso las posibilidades de ganar son mucho menores. Se invirtió
sin conocimiento, con miopía, llevados por una ola de estupidez colectiva
propiciada por los medios (otros grandes culpables del clima de "hype"
o exageración), los
analistas, las consultoras, en una espiral de inversión que parecía
no tener fin. A quienes entonces inteligentemente cuestionaban la situación
haciendo preguntas incómodas no les salían las cuentas, pero nadie
les hacía caso.
Nadie se engaña si no quiere ser engañado. Invertir sin
hacer preguntas es de una miopía sin límites, que duda cabe. Sin
embargo los inversores
creían estar comprando duros a peseta al más puro estilo tocomocho,
así que mejor no hacer preguntas y sacar el dinero calentito. En este
contexto en el que una presentación en Powerpoint nos catapultaba a la
gloria surgió mucho oportunista, mucho pseudogestor de quimeras con ideas,
o bien brillantes, o bien brillantemente estúpidas. Pero eso debe ser
-y será- objeto de otro artículo.
Distingamos tres etapas en la evolución del inversor "online".
La primera es la previa la inversión, en la que sin escuchar nada más
que palabras bonitas el inversor decide realizar la inversión. El
inversor de capital riesgo, con la perspectiva de sacar la empresa a bolsa en breve
plazo, vender su parte con millonarios dividendos y haber hecho una operación
especulativa de "altura". El inversor corporativo, con
vistas a aumentar coyunturalmente su valor bursátil, hacer ruido, asustar
a la competencia y obtener pingües plusvalías. El caso del pequeño
inversor es especialmente doloroso pero no exento de miopía. Un mercado
que sube como la espuma (aunque sea totalmente desconocido por el inversor),
perspectivas de crecimiento increíbles, revalorizaciones bursátiles
de escándalo, una apuesta segura según los analistas de turno.
En fin, decidirse a no invertir parecía propio de idiotas.
Es en este punto en el que encontramos una profunda divergencia entre la
economía digital especulativa y la economía productiva. Esa divergencia ha
sido, a largo plazo, completamente contraproducente para este mercado emergente,
ya que ha provocado que, además de los planes de negocio claramente destinados
al fracaso, también fracasen negocios sólidamente construidos por trabajadores
brillantes a causa de la impaciencia de los inversores, que ni en eso han sabido
darse cuenta de que entrar en un sector frenético como el del comercio
electrónico supone paciencia y, mucho más allá del Nasdaq, recuperación de
la inversión a largo plazo si el plan de negocio es realmente sólido. El
agravamiento de la situación económica y el debilitamiento coyuntural del
sector publicitario pueden haber sido la causa de muchos fracasos; la propia
naturaleza de los negocios puntocom, sin un pie en el mundo real, estaba
destinada a provocar muchas bajas; los planes de negocios descabellados que
proliferaron como setas crearon un exceso de oferta en muchos mercados (no sólo
el publicitario) que ha provocado muchos colapsos. Y en todos esos factores el
papel del inversor ha sido negligente e irresponsable.
Pasemos a la segunda etapa. En ella, el inversor mantiene la inversión y debe
velar por la correcta gestión de la empresa en la que ha invertido.
Esta intervención necesaria en ocasiones ha sido inexistente, y en otros casos
ha sido la causante directa del fracaso empresarial. Reconozcamos, sí,
que cuando se ha producido una intervención correcta, no impaciente, sabiendo
reconocer el talento de los directivos pero velando por una correcta gestión,
no cortando las alas a la ambición del emprendedor pero tampoco permitiéndole
hacer locuras, el factor estabilizador aportado por el inversor ha sido
determinante para el éxito (que también los ha habido, o se están gestando).
Pero esos casos han sido los menos. Se exigía velocidad, resultados inmediatos,
crecimientos de hasta el 200% (para productos completamente nuevos en mercados
completamente nuevos -con la consiguiente dificultad de introducción de los
productos-, cuando en el mundo real un crecimiento del 30% en un producto
asentado se considera espectacular y exitoso), revalorización bursátil, ventas
con plusvalías... En definitiva, se pedía lo imposible. Pero a cambio también
se permitió hacer y deshacer al emprendedor, muchas veces inexperimentado, todo
tipo de estupideces (de las que hablaremos convenientemente en futuros
artículos).
La tercera etapa es la del desencanto. La burbuja estalló, los planes
fracasaron, muchos negocios se fueron a pique como era de rigor, con sus sillas
Aeron y su despilfarro, con sus ansias multinacionales al segundo día, con su
incapacidad de gestión y con su plan de negocio irreal. El fracaso es una
constante empresarial, nada que deba sorprendernos, ha ocurrido en Internet hoy
y mañana ocurrirá en otros sectores (probablemente impulsados por empresas
tradicionales), pero la vieja economía ha reído largamente de un hecho que era
normal, predecible. Y esa risa no era más que una muestra añadida de su
profunda ignorancia ante las extraordinarias posibilidades del nuevo medio.
Lo cierto es que el inversor tampoco ha sabido como enfrentarse a un mercado
hostil y a un contexto "bursatilmente" negativo. La venta apresurada
ha sido una constante, así como la escasa flexibilidad a la hora de permitir
que las empresas invertidas prosiguieran con sus planes de negocio aprobados. Si
esos planes aseguraban la rentabilidad para el 2003, ésta se exigía
repentinamente para el 2001. Los proyectos no se aprobaban, se ponían pegas a
los planes necesarios para conseguir la rentabilidad, las ampliaciones de
capital quedaban desiertas pese a haber estado comprometidas y el capital huía
de un entorno que seguía siento tan arriesgado y tan inseguro como el primer
día. Es en esta fase en la que el inversor ha demostrado de forma más clara su
profunda ignorancia. La valía del inversor se prueba, no cuando invierte en pos
de la rentabilidad rápida y especulativa, sino cuando es capaz de aportar a la
gestión, de demostrar conocimiento, de ser paciente ante proyectos que cumplen
las expectativas.
La conclusión sobre el inversor, de forma general y no generalizada
(conforme pasan los meses muchos inversores van recuperando la cordura y la
tranquilidad) debe ser algo desalentadora. En entornos de crecimiento y de
retorno rápido de la inversión por vía especulativa la actuación del
inversor ha sido de "apoyo decidido a la innovación", "apuesta
por las nuevas tecnologías" y otras sandeces gestadas por gabinetes de
prensa al uso. Tan pronto como ha llegado la crisis el inversor se ha apresurado
a huir de la "apuesta" y del "apoyo" por culpa del
"entorno no favorable" y a dificultar el desarrollo de proyectos con
futuro. El fin del glamour de lo puntocom ha demostrado la superficialidad y la
frivolidad de parte del mundo de los negocios, lo que invita a una profunda
reflexión sobre el mundo de las relaciones empresariales. El entorno favorable
para la economía digital productiva está, a día de hoy, mucho menos viciado
que hace dos años. Y el inversor tiene buena culpa de ello.