En ocasiones la constatación de los hechos no es reflejo de una realidad
acorde con ellos, sino que se intenta aparentar que la situación no ha
cambiado, que los privilegios adquiridos no se han evaporado, que solamente
vivimos un bache en el camino pero que todo sigue igual. Hasta que ya es
demasiado tarde para fingir. Internet ha venido a demostrar de forma fehaciente
dos importantes fenómenos que eran una realidad hace años,
pero que no terminaban de probarse. Uno de ellos es el marketing de masas (del
que hablaremos en próximos artículos). El otro,
la propiedad intelectual.
La propiedad intelectual ha alcanzado con la Red la demostración de que la
regulación tradicional que se ha dado al fenómeno ha perdido por completo vigencia (muchos dirán que nunca la tuvo) y no se ha
sabido adaptar a los nuevos tiempos. Y podemos encontrar toda una retahíla de
fenómenos que apoyan esta teoría. Por ejemplo, cientos de miles de
programadores o empresas en todo el mundo están dispuestos a apoyar un método
de hacer software libre (Open Source) cuya licencia (la GPL) casi parece una
burla a la tradicional legislación de propiedad intelectual. Entre ellas
empresas establecidas como IBM. Los consumidores ya han dado su veredicto de
culpabilidad ante el fenómeno con casos como Napster, y el P2P sigue siendo una
realidad que va en aumento y que promete agravar la situación con el tiempo.
Los artistas cada vez más se decantan por nuevos medios de promoción,
distribución y explotación de su talento que, sin menospreciar el valor de sus
derechos de autor, toman ventaja de la realidad económica resultante de
utilizar los nuevos medios.
El esquema de propiedad intelectual imperante hasta la fecha empieza a
carecer de sentido. Hasta ahora, el autor cedía sus derechos de autor a una
empresa productora que
aprovechaba su explotación económica para llenar sus arcas y proporcionar un
mínimo sustento al artista (en la mayoría de los casos y con minoritarias excepciones). La SGAE de turno se dedicaba a defender esos derechos con una
rigidez propia de estatuas, y con una mano de hierro que en ocasiones excedía
los límites de la decencia (como una sentencia acaba de reconocer). Al amparo de una legislación incapaz de reflejar la realidad social, la
SGAE se convirtió en dueña y señora de imponer cánones sobre todo tipo de
soportes "susceptibles de", tal vez, en algún lugar y en algún
momento, contener material que pudiera ser susceptible de violar derechos de
propiedad intelectual. Esto ha dado lugar a todo tipo de abusos, tropelías,
atropellos y exigencias desmesuradas que han culminado en la sentencia (no
firme) contra un fabricante de CDs vírgenes de datos para que pague el
tristemente famoso canon de propiedad intelectual a la SGAE (canon que ya se
aplica a fotocopiadoras o cintas de cassette, sin ir más lejos). Al margen de
la justificación legal del canon en cuestión, que nos convierte a todos en
presuntos culpables de piratería (en lo negativo), o bien nos concede la impunidad para piratear
cuanto deseemos mientras paguemos el canon (en lo positivo), los argumentos que esgrime la
Sociedad son terriblemente sofistas.
Porque la misma lógica que les lleva a pedir un canon por los CDs les llevará
a pedirlo por las grabadores, por todos los soportes magnéticos análogos (disketes,
DVDs, magneto-ópticos, zips, jazzs, etc...) por los módems, por las propias
conexiones a Internet, por los discos duros, por los teléfonos móviles o por
tantos otros soportes que se puedan cruzar en su camino. Acabaremos teniendo que
pagar derechos de autor por nuestro CD de recopilación del proyecto Guttemberg,
cuyos derechos de autor han expirado, por el software libre o por la
recopilación de fotos de la familia. Acabaremos tributando el llamado
"impuesto revolucionario" a la SGAE seamos o
no consumidores (o pirateadores) de los dichosos derechos de autor por la
compra de equipos multifuncionales solamente porque una de sus funciones puede
potencialmente atentar contra los derechos de autor.
Es este esquema, incontrolable, el que nos devuelve a la dura realidad. La propiedad intelectual
tal y como hoy se concibe tiene que darse un paseo por www.cluetrain.com,
y aprender que los mercados son conversaciones, y que esas productoras y esas
gestoras de derechos llevan demasiado tiempo haciendo oídos sordos a la
realidad social. John Perry Barlow la ha llamado Dotcommunism
y ha afirmado: "The
war is on, all right, but to my mind it's over. The future will win; there will
be no property in cyberspace. Behold DotCommunism. (And dig it, ye talented,
since it will enrich you.)". La no existencia de la propiedad
intelectual, prosigue Barlow, no impidió que Miguel Ángel pintara la Capilla
Sixtina, que Cervantes escribiera el Quijote, o que Mozart compusiera más de
cuarenta sinfonías. Ni que los sobreexplotados músicos hayan seguido
componiendo.
Quién no tiene nada que temer en el nuevo estado de cosas es el artista con
talento, el escritor, el intérprete. Quien tiene mucho que temer es el que vive
de ese talento, se aprovecha de él, lo parasita. Los propios artistas empiezan
a huir de los servicios de pago que han surgido alternativos a Napster,
precisamente porque intentan perpetuar situaciones del pasado. Internet no es
una amenaza para la música ni para el talento, de la misma forma que no lo fue
antes el cassette (también le achacaron una crisis cuando proliferaron las
dobles pletinas). Pero tal vez sí lo sea para quienes se aprovechan de él,
quienes han convertido lo que se llamaba arte en un enorme mercado de
multinacionales que sólo se contentan con más y más beneficios extraídos de
la explotación económica de los artistas. Uno de los grandes problemas de la
era Internet es que el funcionamiento del mundo está basado en asunciones
falsas que reducen todo a productos y a consumidores, y que la Red está
acabando con eso de un plumazo y se está empezando a hablar de personas. La
crisis de la publicidad tiene mucho de eso. La crisis de la propiedad
intelectual, todo.
Lo que hoy se llama "pirateo" puede ser paradójicamente la tabla
de salvación de los artistas que confíen en la Red para dar a conocer su
trabajo, porque cuanto más se "piratee" la música más personas
querrán ir al concierto, verdadera fuente de ingresos para el artista de a pie.
El "consumidor" como persona se siente estafado con el precio de un CD
o de un DVD, pero nunca pondrá en cuestión la necesidad de recompensar al
artista por su esfuerzo.
Los monopolistas de Microsoft hablan muy mal de la GPL porque atenta
contra la propiedad intelectual. Ese sólo hecho debería hacernos sospechar que
la GPL es en realidad una fuente de beneficios inagotable para el progreso. No
para las cuentas de la megacorporación que ya no sabe que hacer con su dinero,
sino para el progreso con mayúsculas. La GPL del artista sería valiosa para el
artista y para el espectador, pero no haría pobres a ninguno de los dos.
Es por todo esto que la SGAE se equivoca. Porque la guerra que intentan
combatir está perdida de antemano y el consumidor ha dicho su última palabra.
El cambio no pasa por hacer una legislación más represiva, sino más bien por
impulsar esa nueva economía de las ideas de la que habla Barlow y luchar por
que los artistas tengan un nuevo esquema en el que poder ser recompensados por
su esfuerzo.
Naturalmente, esto no va a suceder, seamos realistas: la SGAE no se va a
hacer el harakiri y seguirá protegiendo a los editores amparándose en que
protege a los artistas. Los esquemas mentales tardarán mucho tiempo en cambiar
y la legislación difícilmente va a orientarse a reducir los beneficios de las
grandes corporaciones. Las grandes mentiras seguirán en pie, aunque todos
estemos completamente convencidos de su falsedad, porque son lo que hace que el
mundo gire. La situación es hasta cierto punto orwelliana, pero al menos
tenemos todas las opciones para luchar contra ella.