En las anteriores entregas de esta serie de artículos analizamos el papel
jugado por inversores, gestores y emprendedores en la creación de la burbuja
financiera. Pero lo cierto es que sin la complicidad de una serie de
cooperadores necesarios (como se les denomina en nuestro Código Penal :) la
burbuja nunca habría llegado a lo que fue. Los hermanos Perkins, autores de la
obra Burbuja Internet, incluso les atribuyen una intencionalidad directa que ha
desembocado en la iniciación de algunos procedimientos penales en
Estados Unidos. Lo cierto es que el papel de todas estas figuras ha sido tan
indudable como lamentable, y muchos de ellos están pagando ahora las
consecuencias de sus excesos.
Y aunque la lista probablemente se quede corta, meteré en este saco a
consultores, periodistas, gurús de lo que toque, políticos, analistas,
relaciones públicas y a otros coyunturalmente "beneficiados" por el
efecto riqueza que provocó el aluvión de millones al entorno puntocom.
Vendedores de humo
El auge de los vendedores de humo durante los años 98/2000 es probablemente
un fenómeno sociológico digno de estudio. Verles en acción era un
espectáculo que merece la pena recordar. Estos prestidigitadores de la palabra,
manipuladores de conceptos y genios del Powerpoint consiguieron, y tiene su
mérito, crear ficticiamente un estado de euforia colectiva que invocaba al
gasto, a la ciega apuesta de futuro en la economía de las expectativas, a la
innovación por la innovación sin reflexión alguna de los modelos de negocio
subyacentes. El análisis de mercado dejó de ser relevante porque era imposible
hacerlo cuando el nivel de penetración del medio era insignificante pero iba a
crecer, con seguridad, de forma explosiva en los años siguientes. En el 2000
tuve la suerte de trabajar con muchas de estas empresas como consultor, y
también de reír a mandíbula batiente: uno de mis clientes creía que su
producto era único en el mundo, y se atribuía dos o tres competidores. El
estudio de mercado que realizamos con el producto ya lanzado identificó más de
70 competidores, una gran dificultad en la viabilidad del negocio y un producto
mal construido. Naturalmente, la empresa cerró durante el 2001, tan pronto como
se evaporaron los cerca de 4 millones de euros que un inversor de capital riesgo
había invertido en el invento. Este tipo de excesos estuvieron a la orden del
día, fomentados por el aura mágica que habían adquirido los proyectos de
comercio electrónico.
La vieja economía sucumbió
Se suelen enfrentar los términos nueva economía y vieja economía, y se
identifica a la nueva con la crisis y la burbuja. Pero soy de la opinión de que
el gran fracaso de la "nueva economía" se debe mucho más a los
errores de la vieja que al entusiasmo de quienes realmente apostaron por la
nueva. Porque los McKinseys, Accentures, Andersens o Prices no eran precisamente
susceptibles de ser parte de la nueva, y sin embargo se lanzaron como posesos a
magnificar, potenciar y exagerar las posibilidades de un sector, a inflar los
valores de las empresas de cara a adquisiciones, fusiones o salidas a bolsa, a
cobrar cuantiosos honorarios de consultoría a toda puntocom que se dignase para
respaldar su gestión con baremos absurdos, informes hipertrofiados y personal,
no ya no cualificado, sino en ocasiones inútil y hasta contraproducente para
proyectos medianamente bien construidos. La gran diferencia entre los pioneros
de Internet y los que la montaron a golpe de talonario es que estos últimos
supieron como despilfarrar el dinero en construir marca, en crear corporaciones
multinacionales de la nada y en consultoría y relaciones públicas, mientras
que aquellos la montaron con realismo, modestia y una ejecución concienzuda de
su proyecto. Fueron los menos, pero muchas veces había nulas diferencias entre
un proyecto y otro. Salvo el dinero.
Los consultores se tuvieron que comer su parte de la crisis. Pero ellos
mismos contribuyeron a fraguarla. Efectos de la miopía.
El inestimable papel de los medios
La forma en que los medios se rindieron al encanto de lo puntocom sorprende.
Por hilarante, inocente, incompetente, irresponsable, interesada e ignorante,
sobre todo. Pero no sólo por eso. Los medios aún no han sabido comprender la
magnitud del fenómeno que les acecha. Se entretienen conteniendo al monstruo,
viendo amenazas en la prensa gratuita de papel (¿?), planeando la forma de
cobrar por su contenido porque, miopemente, piensan que Internet les quita
lectores, y que eso es malo. Y lo malo no es eso. Lo malo es que su papel se
difumina y no saben como remediarlo. Lo malo es que la publicidad vive la mayor
crisis de su historia, y da la impresión de que a los factores coyunturales hay
que sumarles unos cuantos estructurales. Y estos últimos no auguran nada bueno
para los medios de masas. La miopía, en el caso de los medios, ha alcanzado
flagrantes casos de ceguera.
En lo que toca a la burbuja, su actuación no podía haber sido más
irresponsable. Muchos periodistas hicieron caso omiso de las más elementales
reglas del periodismo a la hora de informar sobre un fenómeno desconocido. De
pronto la nueva frontera aparecía de pronto tocada por la varita mágica del
destino. Que veinteañeros con granos en la cara consiguiesen levantar capital
multimillonario se presentaba repentinamente como el mayor logro imaginable en
el mundo de los negocios, y que unos muchachos descorbatados y arrogantes
empezasen a imponer su ley alardeando de sus pérdidas parecía el no va más de
la noticia. Los estudios de los McKinseys de turno , fundamentados sobre
ilimitadas extensiones
de ignorancia, eran titulares del día y había que creerlos a pies
juntillas, aunque se viese a la legua que eran rematadamente estúpidos. Los
pelotaris del momento hacían portada de periódicos, suplementos, revistas o revistuchas
que cantaban las excelencias de los magos del powerpointing.
Naturalmente, nunca se habría llegado a ese punto sin la complicidad de los
relaciones públicas de turno, que supieron vender la moto y embolsarse
cuantiosos emolumentos por tomarle el pelo a periodistas veinteañeros y malpagados, becarios,
oportunistas, o por saber negociar con los departamentos de venta de publicidad
de tantos y tantos medios. So much for independent journalism.
Las contadas excepciones de que fui testigo rezumaban sentido común,
análisis y profundidad, y nada de antipatía o miedo al medio. Pero eran
excepciones. El solo hecho de que no hubiera nadie visceralmente crítico con el
fenómeno en los medios debería hacernos que pensar hasta que punto el
pensamiento único parece aplicarse de vez en cuando a las más estúpidas
causas por razones de todo punto incomprensibles.
Políticos offline
Siempre sostendré que España perdió el tren de la sociedad de la
información en septiembre de 1998, cuando se renunció a hacer una apuesta
decidida por su desarrollo sin plegarse a las exigencias del monopolio de
telefonía del país. Esa gran oportunidad perdida ha redundado en que ahora mismo nuestro
país sea el segundo por la cola de la Unión Europea en uso de Internet, y en
que los gobernantes de turno sigan sin tener la más mínima idea de qué pasos
dar para fomentar el principal factor de crecimiento en productividad de la
historia. Semejante miopía, en primer lugar, no debe quedar impune. Y en
segundo lugar, ha conducido a que se ignore lo bueno y se imponga lo malo, nada
de fomento de la sociedad de la información (por mucho anuncio que se haga),
pero todo lo que sean leyes restrictivas bienvenido sea. Es inoperativo el
parlamento, es completamente inútil el senado y todas sus declaraciones,
comisiones o iniciativas. No han servido de nada. Y aunque hay un par -a lo
sumo- de buenos políticos ninguno es del gobierno.
La actuación del gobierno español desde el 96 hasta la fecha ha sido una
sucesiva reiteración de la incompetencia del ejecutivo al respecto de un
fenómeno que, no ya es que no se entienda, sino que se desprecia profundamente
a pesar de que todas las declaraciones oficiales vayan por otra vía. Internet
es libertad, es democracia, es una ciudadanía mejor informada y mejor
formada... es una amenaza. Y desde el 11 de septiembre... más.
Y para acabar...
Hay otras muchas figuras que se han visto afectadas por la miopía Internet.
Los gurús se multiplicaron como setas ante el auge de lo desconocido,
ofreciendo las respuestas más absurdas a preguntas nunca formuladas con una
retórica altisonante, predicciones ridículas que luego ni se han molestado en
explicar y una labia envidiable. Era el momento.
Los analistas de bolsa jugaron a la perfección el papel de cómplices, con
análisis completamente sesgados que admitían las verdades que se impusieron
durante unos años que valoraban las empresas por los métodos más atípicos e
irracionales. Su papel fue decisivo en conseguir que el pequeño accionista
arriesgase (y eventualmente perdiese) sus ahorros en bolsa.
Los colectivos sociales se negaron a ver las ventajas del nuevo medio, y aún
hoy apuestan tímidamente por la gran conquista que supone la Red. Ni siquiera
los colectivos que se dicen de Internautas están sabiendo ser representativos,
en muchas ocasiones, de la sensibilidad de los usuarios. La política ha llegado
a Internet, y las asociaciones que dicen representar a sus usuarios juegan al
son que marca el poder de la misma forma que lo hacen los sindicatos
mayoritarios en el mundo real. Triste, pero cierto.
Y la miopía está lejos de acabar. Hoy resulta complicado borrar las cicatrices
dejadas por los oportunistas que barrieron la Red. Los proyectos ambiciosos y
bien construidos carecen de financiación, buenas empresas mueren por inmadurez
del mercado (y de los inversores), el crecimiento de Internet se ralentiza por
causas directamente achacables a la burbuja, el capital no quiere ni oír hablar
de la Red después de haberse intentado aprovechar infructuosamente de ella, los
medios de masas empiezan a reconocer su gran fracaso y apuestan por el contenido
de pago porque parece que aún no se han cansado de fracasos; y el tiempo parece
haberse detenido para el mundo del comercio electrónico. Que no para Internet,
que crece en originalidad y en frescura, cuyos usuarios cada vez saben más y
usan la Red mejor, cuyo ancho de banda irá en aumento y creará las condiciones
necesarias para el desarrollo de nuevos ecosistemas que permitan intercambios
económicos. Mal que les pese a algunos miopes, la Red está para quedarse, con
todas las consecuencias.