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Miopía Internet (y III)
Por Eduardo Pedreño  
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En las anteriores entregas de esta serie de artículos analizamos el papel jugado por inversores, gestores y emprendedores en la creación de la burbuja financiera. Pero lo cierto es que sin la complicidad de una serie de cooperadores necesarios (como se les denomina en nuestro Código Penal :) la burbuja nunca habría llegado a lo que fue. Los hermanos Perkins, autores de la obra Burbuja Internet, incluso les atribuyen una intencionalidad directa que ha desembocado en la iniciación de algunos procedimientos penales en Estados Unidos. Lo cierto es que el papel de todas estas figuras ha sido tan indudable como lamentable, y muchos de ellos están pagando ahora las consecuencias de sus excesos.

Y aunque la lista probablemente se quede corta, meteré en este saco a consultores, periodistas, gurús de lo que toque, políticos, analistas, relaciones públicas y a otros coyunturalmente "beneficiados" por el efecto riqueza que provocó el aluvión de millones al entorno puntocom.

Vendedores de humo

El auge de los vendedores de humo durante los años 98/2000 es probablemente un fenómeno sociológico digno de estudio. Verles en acción era un espectáculo que merece la pena recordar. Estos prestidigitadores de la palabra, manipuladores de conceptos y genios del Powerpoint consiguieron, y tiene su mérito, crear ficticiamente un estado de euforia colectiva que invocaba al gasto, a la ciega apuesta de futuro en la economía de las expectativas, a la innovación por la innovación sin reflexión alguna de los modelos de negocio subyacentes. El análisis de mercado dejó de ser relevante porque era imposible hacerlo cuando el nivel de penetración del medio era insignificante pero iba a crecer, con seguridad, de forma explosiva en los años siguientes. En el 2000 tuve la suerte de trabajar con muchas de estas empresas como consultor, y también de reír a mandíbula batiente: uno de mis clientes creía que su producto era único en el mundo, y se atribuía dos o tres competidores. El estudio de mercado que realizamos con el producto ya lanzado identificó más de 70 competidores, una gran dificultad en la viabilidad del negocio y un producto mal construido. Naturalmente, la empresa cerró durante el 2001, tan pronto como se evaporaron los cerca de 4 millones de euros que un inversor de capital riesgo había invertido en el invento. Este tipo de excesos estuvieron a la orden del día, fomentados por el aura mágica que habían adquirido los proyectos de comercio electrónico.

La vieja economía sucumbió

Se suelen enfrentar los términos nueva economía y vieja economía, y se identifica a la nueva con la crisis y la burbuja. Pero soy de la opinión de que el gran fracaso de la "nueva economía" se debe mucho más a los errores de la vieja que al entusiasmo de quienes realmente apostaron por la nueva. Porque los McKinseys, Accentures, Andersens o Prices no eran precisamente susceptibles de ser parte de la nueva, y sin embargo se lanzaron como posesos a magnificar, potenciar y exagerar las posibilidades de un sector, a inflar los valores de las empresas de cara a adquisiciones, fusiones o salidas a bolsa, a cobrar cuantiosos honorarios de consultoría a toda puntocom que se dignase para respaldar su gestión con baremos absurdos, informes hipertrofiados y personal, no ya no cualificado, sino en ocasiones inútil y hasta contraproducente para proyectos medianamente bien construidos. La gran diferencia entre los pioneros de Internet y los que la montaron a golpe de talonario es que estos últimos supieron como despilfarrar el dinero en construir marca, en crear corporaciones multinacionales de la nada y en consultoría y relaciones públicas, mientras que aquellos la montaron con realismo, modestia y una ejecución concienzuda de su proyecto. Fueron los menos, pero muchas veces había nulas diferencias entre un proyecto y otro. Salvo el dinero.

Los consultores se tuvieron que comer su parte de la crisis. Pero ellos mismos contribuyeron a fraguarla. Efectos de la miopía.

El inestimable papel de los medios

La forma en que los medios se rindieron al encanto de lo puntocom sorprende. Por hilarante, inocente, incompetente, irresponsable, interesada e ignorante, sobre todo. Pero no sólo por eso. Los medios aún no han sabido comprender la magnitud del fenómeno que les acecha. Se entretienen conteniendo al monstruo, viendo amenazas en la prensa gratuita de papel (¿?), planeando la forma de cobrar por su contenido porque, miopemente, piensan que Internet les quita lectores, y que eso es malo. Y lo malo no es eso. Lo malo es que su papel se difumina y no saben como remediarlo. Lo malo es que la publicidad vive la mayor crisis de su historia, y da la impresión de que a los factores coyunturales hay que sumarles unos cuantos estructurales. Y estos últimos no auguran nada bueno para los medios de masas. La miopía, en el caso de los medios, ha alcanzado flagrantes casos de ceguera.

En lo que toca a la burbuja, su actuación no podía haber sido más irresponsable. Muchos periodistas hicieron caso omiso de las más elementales reglas del periodismo a la hora de informar sobre un fenómeno desconocido. De pronto la nueva frontera aparecía de pronto tocada por la varita mágica del destino. Que veinteañeros con granos en la cara consiguiesen levantar capital multimillonario se presentaba repentinamente como el mayor logro imaginable en el mundo de los negocios, y que unos muchachos descorbatados y arrogantes empezasen a imponer su ley alardeando de sus pérdidas parecía el no va más de la noticia. Los estudios de los McKinseys de turno , fundamentados sobre ilimitadas extensiones de ignorancia, eran titulares del día y había que creerlos a pies juntillas, aunque se viese a la legua que eran rematadamente estúpidos. Los pelotaris del momento hacían portada de periódicos, suplementos, revistas o revistuchas que cantaban las excelencias de los magos del powerpointing. Naturalmente, nunca se habría llegado a ese punto sin la complicidad de los relaciones públicas de turno, que supieron vender la moto y embolsarse cuantiosos emolumentos por tomarle el pelo a periodistas veinteañeros y malpagados, becarios, oportunistas, o por saber negociar con los departamentos de venta de publicidad de tantos y tantos medios. So much for independent journalism.

Las contadas excepciones de que fui testigo rezumaban sentido común, análisis y profundidad, y nada de antipatía o miedo al medio. Pero eran excepciones. El solo hecho de que no hubiera nadie visceralmente crítico con el fenómeno en los medios debería hacernos que pensar hasta que punto el pensamiento único parece aplicarse de vez en cuando a las más estúpidas causas por razones de todo punto incomprensibles.

Políticos offline

Siempre sostendré que España perdió el tren de la sociedad de la información en septiembre de 1998, cuando se renunció a hacer una apuesta decidida por su desarrollo sin plegarse a las exigencias del monopolio de telefonía del país. Esa gran oportunidad perdida ha redundado en que ahora mismo nuestro país sea el segundo por la cola de la Unión Europea en uso de Internet, y en que los gobernantes de turno sigan sin tener la más mínima idea de qué pasos dar para fomentar el principal factor de crecimiento en productividad de la historia. Semejante miopía, en primer lugar, no debe quedar impune. Y en segundo lugar, ha conducido a que se ignore lo bueno y se imponga lo malo, nada de fomento de la sociedad de la información (por mucho anuncio que se haga), pero todo lo que sean leyes restrictivas bienvenido sea. Es inoperativo el parlamento, es completamente inútil el senado y todas sus declaraciones, comisiones o iniciativas. No han servido de nada. Y aunque hay un par -a lo sumo- de buenos políticos ninguno es del gobierno.

La actuación del gobierno español desde el 96 hasta la fecha ha sido una sucesiva reiteración de la incompetencia del ejecutivo al respecto de un fenómeno que, no ya es que no se entienda, sino que se desprecia profundamente a pesar de que todas las declaraciones oficiales vayan por otra vía. Internet es libertad, es democracia, es una ciudadanía mejor informada y mejor formada... es una amenaza. Y desde el 11 de septiembre... más.

Y para acabar...

Hay otras muchas figuras que se han visto afectadas por la miopía Internet. Los gurús se multiplicaron como setas ante el auge de lo desconocido, ofreciendo las respuestas más absurdas a preguntas nunca formuladas con una retórica altisonante, predicciones ridículas que luego ni se han molestado en explicar y una labia envidiable. Era el momento.

Los analistas de bolsa jugaron a la perfección el papel de cómplices, con análisis completamente sesgados que admitían las verdades que se impusieron durante unos años que valoraban las empresas por los métodos más atípicos e irracionales. Su papel fue decisivo en conseguir que el pequeño accionista arriesgase (y eventualmente perdiese) sus ahorros en bolsa.

Los colectivos sociales se negaron a ver las ventajas del nuevo medio, y aún hoy apuestan tímidamente por la gran conquista que supone la Red. Ni siquiera los colectivos que se dicen de Internautas están sabiendo ser representativos, en muchas ocasiones, de la sensibilidad de los usuarios. La política ha llegado a Internet, y las asociaciones que dicen representar a sus usuarios juegan al son que marca el poder de la misma forma que lo hacen los sindicatos mayoritarios en el mundo real. Triste, pero cierto.

Y la miopía está lejos de acabar. Hoy resulta complicado borrar las cicatrices dejadas por los oportunistas que barrieron la Red. Los proyectos ambiciosos y bien construidos carecen de financiación, buenas empresas mueren por inmadurez del mercado (y de los inversores), el crecimiento de Internet se ralentiza por causas directamente achacables a la burbuja, el capital no quiere ni oír hablar de la Red después de haberse intentado aprovechar infructuosamente de ella, los medios de masas empiezan a reconocer su gran fracaso y apuestan por el contenido de pago porque parece que aún no se han cansado de fracasos; y el tiempo parece haberse detenido para el mundo del comercio electrónico. Que no para Internet, que crece en originalidad y en frescura, cuyos usuarios cada vez saben más y usan la Red mejor, cuyo ancho de banda irá en aumento y creará las condiciones necesarias para el desarrollo de nuevos ecosistemas que permitan intercambios económicos. Mal que les pese a algunos miopes, la Red está para quedarse, con todas las consecuencias.

 



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