En los días post-jurásicos de
la sociedad interconectada, allá por los albores de 1968, un tal Licklider impregnó
las paredes de la ARPA Information Processing Techniques Office (IPTO), ubicada
en el Departament of Defense of the United States of America, con su visión
de una próxima era en ciernes marcada por el advenimiento incontrolable de una
red computerizada intergaláctica. Para ello, trabajó
con Taylor a fin de sintetizar, en 4 reglas, cómo los ordenadores habrían
de contribuir a la comunicación entre los humanos. Eran, [y son]:
1) La comunicación se define como un proceso creativo interactivo.
2) Los tiempos de respuesta han
de ser cortos para hacer la conversación libre y fácil.
3) Las redes más grandes se
compondrían de redes regionales más pequeñas.
4) Las comunidades se formarían
por la afinidad y los intereses comunes.
Desde aquel mayo francés hasta Le Pen ha llovido a raudales, tanto como de Woodstock
a Operación Triunfo. Pero aquellas 4 reglas, emergidas durante la gélidas noches
en soledad del Pleistoceno, resultan hoy incluso innovadoras. ¿Será que el peregrinaje
de hacer la Red se parece a una ciencia exacta, sin apenas reglas?. ¿Qué conciencia
tenemos hoy, como comunidad, del poder que nos otorga el acceso, personalizado
pero a un tiempo en bloque, a la Información?. ¿Qué lazos unen a quienes, a
un clic y por el coste de unos zapatos o una comida-basura, disfrutan la posibilidad
de intercambiar datos e impresiones, y de unir esfuerzos para diseminar las
conclusiones entre personas de otras afinidades y latitudes?. ¿Qué derechos
anhelan las sociedades desconectadas?
Propuesta para la Declaración de Derechos del Ciudadano en Red (netizen)
Tomando el legado de Licklider,
Taylor, y de otros colaboradores anónimos, Michael y Ronda Hauben
trabajaron muchos años después en el libro The
Netizens and the Wonderful World of the Net, y en la elaboración de
una declaración
de derechos que reconozca la revolución que representa la Red para la comunicación
humana. La premisa es que la Red ha sido construida mediante procesos cooperativos,
no comerciales, y por tanto no es un servicio, sino un derecho que sólo resulta
realmente útil desde la cooperación universal.
Por ello, no se debe subestimar su creciente poder, y el de todos los ciudadanos
que la desarrollan a diario, conformando un lobby incontrolable que no
cesa de reivindicar el acceso igualitario y universal gratuito, o subvencionado,
al conocimiento y la información, en relación al tiempo y la calidad de la conexión...
a una amplia distribución, sin limitaciones de lectura, publicación o cualquier
otra forma de contribución... a un reconocimiento de ideas según los méritos
de sus autores, con libertad de expresión para promover el intercambio del conocimiento
sin temor a represalias... a un NO a los portavoces oficiales y al beneficio
personal gracias a las contribuciones gratuitas de terceros... y a un SÍ a la
participación de movimientos de base y a la protección del interés público frente
a quienes quieren la Red para usos privados y lucrativos...
Es cierto que todas estas reivindicaciones parecen rozar, a simple vista, la
caduca utopía, la trasnochada razón de la sinrazón, pero todas ellas se resumen
en una sola realidad: desde el origen de la Red viene existiendo en el mundo
un buen número de quijotes que trabajan sin descanso por contribuir a
que este medio de comunicación vaya estando progresivamente al alcance de la
inmensa mayoría: a disposición de toda la gente común.
Y resulta que la Historia nos dice que ambiciones contrarias han fracasado,
precisamente por irreales, como vanos han sido los esfuerzos por impedir el
devenir precipitado del cambio. De nada sirve ponerle vallas al campo, incluso
si el semejante empeño fuera viable. Que se lo pregunten al mismísimo Departamento
de Defensa de los Estados Unidos. Y de ahí para abajo.